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La violencia ha vuelto a Turquía. En Diyarbakir, considerada la capital kurda y situada al este del país, muertos, nuevamente disturbios, escuelas cerradas, y protestas en otras muchas ciudades también, ante el supuesto consentimiento de Turquía que el Estado Islámico avance y no haga nada por detener la barbarie de sus compatriotas kurdos en Siria, reivindican los kurdos. La impotencia también de la escasa participación de la comunidad internacional. Los kurdos parecen luchar otra vez a solas, como si fueran invisibles. 

 

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¿Serán los turcos que luchan en contra de los kurdos? ¿al revés? ¿o ambos a la vez? Los kurdos en Turquía, asentados muchos de ellos en el este del país, impacientes por recibir ayuda, pasar la frontera, ayudar a sus compatriotas. El Estado Islámico asedia zona kurda en Siria, no pueden esperar impasibles a que las atrocidades se cometan. Kurdos; la mayor etnia del mundo sin Estado, tampoco amigos, solo las montañas, dividos entre Turquía, Irán, Irak y Siria. La fantasía del Kurdistán.

Preocupa la violencia en Turquía

El proceso de paz se encuentra otra vez en el abismo de su ruptura. Siempre había sido frágil, había que cuidarlo, pero en este ocasión sufre un riesgo serio de ruptura. Los 18 muertos, 23 muertos en otros medios, la rabia propia de la invisibilidad, los prejuicios, la distancia social entre kurdos y turcos, el misterio de la actitud de Turquía ante el Estado Islámico. Durante la captura de 47 ciudadanos turcos por parte del denominado Estado Islámico, Turquía no dijo nada. Una vez se produjo la liberación de los secuestrados, Turquía se ha aclarado parcialmente.

La llama ha estallado: los kurdos se quejaron de que el Gobierno de Turquía solo intervenía ante ciudadanos turcos, y no kurdos. Es la coyuntura de qué hacer, cómo se le va a prestar apoyo, por lo tanto, previamente atención, a un sector de la población ignorado, incluso a los Estados Unidos y a la Unión Europea les ha ocurrido: cómo apoyar a los militantes de una organización considerada terrorista El Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK), que luchan junto a otras milicias contra el Estado Islámico.

Turquía lo tiene difícil: la sociedad es muy reacia a un proceso de paz que pudiera comtemplar algún tipo de concesión a miembros del PKK, en especial, a su líder Abdullah Öcalan, encarcelado de por vida en la isla de Imrali. Ya lo ha advertido él, después de que sonaran alarmas de que el proceso de paz hubiera concluido definitivamente. Öcalan adelantó: el movimiento que lidera pondrá fin al proceso de paz si el Estado Islámico comete una masacre en la ciudad kurda de Kobani.

La violencia asienta una mayor distancia social

Si el oeste del país, ciudades como Estambul, Izmir, Ankara, Bodrum… cada una de ellas con sus particularidades, pero de forma general, con una vida cotidiana más o menos normal, caracterizada por un trabajo en condiciones esclavas (a ver en España cómo estamos), relaciones sociales y ajetreo constante, sobre una tensión social que no se ha borrado a raíz de las protestas Gezi, el este de Turquía es como una segunda Turquía. Cuando una visita Diyarbakir lo hace con los prejuicios impuestos desde el oeste: «no viajes allí, son machistas, estarás en peligro, eres una chica, algo te ocurrirá, es peligroso, hay terroristas…» una especie de super yo social. Una vez allí no es para tanto, al menos en un contexto de paz, sino que la perspectiva impuesta en la mente de los turcos se diluye, muy rápidamente esta vez, cuando se pasea por las calles de la conocida Amed (ahora las ciudades kurdas pueden utilizar su nombre en kurdo, regulación oficial), pero se ven los coches blindados de la policía turca, tan escudada con esos trajes horrorosos, y esas armas en las manos, los rostros serios, ante cualquier amenaza.

En Diyarbakir no se ven banderas turcas, llama mucho la atencion, a diferencia de Estambul, en la gran metrópolis todo está invadido por el color rojo-blanco y la luna, todo lleno de retratos de Atatürk, pero en Diyarbakir solo había una banderita muy muy pequeña con un rostro muy diminuto del que fue padre de la patria turca, Mustafa Kemal Atatürk, que les traicionó: prometió al pueblo kurdo autonomía, y después cambió de opinión y firmó otro tratado, no concendiendo nada. Por supuesto, aquello debió cabrear. Pero los turcos no tienen en cuenta ese hecho, admiran a Atatürk, él les salvó de ser Irak.

bandera turca y retrato de Atatürk en Diyarbakir

Me llamó la atención encontrar solo esta bandera turca y este retrato minúsculo de Atatürk. /Diyarbakir. J.M

Pintada del PKK en Diyarbakir

No son muchas las pintadas del PKK que pude observar en Diyarbakir, el control policial es muy notable. /Diyarbakir. J.M

retrato de Atatürk en Diyarbakir

En esta ocasión, el retrato es considerable. /Diyarbakir. J.M

La sociedad turca atemorizada por aquellos atentados, por las imágenes que la televisión mostraba de los disturbios que en Diyarbakir tenían lugar, cuando de la reivindicación de un Kurdistán independiente, se pasó al reconocimiento de los derechos del pueblo kurdo (idioma, identidad). Pero la gran mayoría de la ciudadanía turca no entiende, no comprende la necesidad de que sea reconocida una identidad diferente a la turca, no se entiende que los kurdos quieran aprender su idioma en la escuela (ahora mismo la regulación oficial alcanza a una mera optativa o una escuela privada, lo que se aleja de la reivindicación de la normalización del idioma, aunque supone un paso).

Los kurdos son vistos por muchos turcos como machistas, insolentes, atrasados. Y es muy común escuchar: «Los kurdos no quieren vivir en Diyarbakir, los kurdos quieren vivir en Estambul  o Izmir». O «si quieren independizarse, que se independicen: que se vayan a Irak». «Turquía no es Irak», repiten una y otra vez, aunque ven cómo el principioseparación Estado-religión se diluye muy sutilmente, a expensas de Recep Tayyip Erdogán, que parece aspira a convertirse en el nuevo Atatürk, pero islámico.

En Diyarbakir se percibe un hostigamiento, las personas tienen los rostros cansados, se percibe cansancio social, de tanto dolor, de tanta resistencia. El proceso de paz algo había aliviado, las cosas estaban más tranquilas. Estábamos en un dolmus, desde las afueras al Sur (centro de Diyarbakir), el dolmus iba demasiado rápido y el coche de al lado conducía bravo también, se enzarzaron en una discusión, pararon y el conductor del coche se acercó al del dolmus en medio de gritos. Mi traductora me dijo que siempre se reaccionaba de la misma manera: no había buenas formas, habían nacido en violencia, solo sabían cómo actuar con violencia.

Una persona importante se sentó en la mesa. Me preguntó si conocía a alguien de ETA. Dije que no, en realidad luego resultó ser que sí, pero yo no lo sabía. Negué tajante, siempre he sido muy crítica con ETA. Le pregunté a él: ¿conoces a alguien del PKK?, bajó la mirada y sonrió. Me miró a los ojos, y dijo: aquí todos conocemos a alguien del PKK. Con orgullo, sin rastro de sentirse mal.

Cómo la defensa de la violencia a la violencia produce orgullo, cómo estamos acostumbrados a vivir en régimenes de hostigamiento, nos matamos entre nosotros, nos descuartizamos psicológicamente. Y con los días, cuando visité aquella casa de los cantantes, con los ancianos cantando (yo me preguntaba dónde estarían sus mujeres), en el bar de las dos copas de vino máximas, con el periodista preguntándome cuándo los ciudadanos turcos irían a Diyarbakir y verían cómo eran de verdad las cosas, «el muro social» que «divide a un turco y a un kurdo», sin saber de dónde venía, admitía, cuándo me preguntaba por qué la Unión Europea los había abandonado, no les prestaba atención, y por qué los periodistas occidentales tenían tanto interés en Palestina y no les hacían caso a los kurdos.

Se comprueba la invisibilidad, las condiciones de pobreza y la crueldad a la que ha sido sometido este pueblo, y no sabe si realmente el PKK es una organización terrorista o simplemente un mecanismo odioso de defensa. Porque la defensa en violencia es odiosa, y la violencia del gobierno turco repugnable. La vuelta a la guerra en el interior de Turquía sería también horroroso.

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El diario de un viaje a través de tres zonas muy diferenciadas: el aire más abierto de las playas del mar Egeo, tan «mediterráneas»; Estambul, antigua Constantinopla y ciudad efervescente entre Europa y Asia, y, por último, la zona no recomendada al turismo y muy sensible por los acontecimientos sociales y políticos, Diyarbakir y sus alrededores.

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