Plaza del Ayuntamiento de La Paz
Plaza del Ayuntamiento en La Paz. Una ciudad asombrosa. /La Paz. J.M

Lo más bello de un viaje son los recuerdos que de él se guardan; sensaciones, paisajes admirados, el impacto de las culturas ajenas, ese impacto refresca la mirada, desaprende la orientación: ya las cosas no se ven del mismo modo.

Hace cinco años, en octubre, realicé el que puede decirse, de manera profesional, mi primer viaje fuera de la Unión Europea: aprender el funcionamiento del mundo, intentar acercarme a la pobreza, un término muy complejo de entender, ver otros paisajes. He querido recuperar aquellos recuerdos. El viaje supuso un remolino: desubican del anclaje de la vida, revolotean las ideas preconcebidas, te lanzan a otros centros. 

Aquí va el segundo post de esta serie de #RecuerdosdeBolivia.


Estábamos en la capital de Bolivia, La Paz. Una ciudad gigantesca. Recuerdo que me pareció extraña, con mucho ruido, mucha polución. La ciudad del nombre precioso, La Paz. Poca paz había en Bolivia, eso también lo recuerdo. La vida cotidiana de demasiadas personas giraba en torno a la violencia del sistema: pobreza, abusos sexuales, resistencia a la vida. Sin embargo, recuerdo la alegría de las personas, la fuerza de las mujeres por salir adelante, cómo hacían bromas, recuerdo la risa de las personas con las que me relacioné en Bolivia.

calles de la Paz en Bolivia
Impresionantes calles de La Paz desde se observaban la construcción de miles de “casas” en las laderas de la gran capital/ La Paz. J.M

En La Paz nos quedamos en un hostal internacional, había muchos jóvenes de todo el mundo. Recuerdo que había muchos americanos que se tomaban un año sabático para visitar América Latina. Desde La Paz nos dirigíamos a la Isla del Sol, Copacabana, para acceder desde allí al Lago Titicaca.

Pero antes queríamos ver las ruinas de Tiahuanaco. De la misma manera que me ocurrió con el Salar de Uyuni, no imaginaba qué era un Salar, jamás me habían explicado que existían desiertos de sal, tampoco me imaginé cómo podían ser unas ruinas. Tengo que admitir que una vez allí, a diferencia de las ruinas de Éfeso en Turquía años más tarde, no logré visualizarlas tal y como tuvieron que ser en algún momento.

Recuerdo que una vez en el hostal internacional, tras visitar La Paz y la maravilla del Mercado de las Brujas, un lugar precioso donde se podían adquirir prendas, artículos propios del país… a un precio muy módico, decidimos organizar la excursión a las ruinas. Nuestra idea principal era ir primero a las ruinas y desde allí directamente a Copacabana.

Pudimos organizar una excursión en el propio hostal internacional, pero una de las integrantes insistió en que podíamos contratar un taxi e ir más por libre. No suele ser muy recomendable. De hecho, recuerdo que a lo largo de toda nuestra estancia en Bolivia nos advertían de forma reiterada que tuvieramos mucha precaución a la hora de movernos por la inseguridad y por el hecho de ser mujeres.

Llegamos a una especie de estación. Acordamos con el taxista que nos llevaría directamente a las ruinas de Tiahuanaco, y que no pararía en ningún momento del trayecto. No recuerdo cuántos kilómetros había, pero era un trayecto relativamente largo, no sé si fue una hora y media o dos horas. En concreto, insistimos en que no parara en El Alto. Es un barrio, puede que municipio, lo recuerdo como un barrio, en lo alto de La Paz (de ahí nombre) con fama de que era mejor no detenerse allí.

laderas llenas de casas en La Paz
Vista de las laderas repletas de “casas” subiendo a El Alto/ La Paz. J.M

Las tres nos montamos en el taxi. Recuerdo que no teníamos batería en el móvil e íbamos con todas nuestras pertenencias. Subimos por la carretera hacia El Alto. Recuerdo el paisaje de todas las casas, chozas, o medio casas construidas en las laderas de la gran capital. Aquello era impresionante. En Izmir, al sudoeste de Turquía, puede encontrarse un paisaje más o menos parecido, pero de proporciones mucho más pequeño.

Laderas llenas de casas en Izmir
Laderas llenas de “casas” en Izmir. Se ven al fondo. /Izmir. J.M

Recuerdo que el taxista paró, sin avisar, en una gasolinera en El Alto. Justamente, lo que nosotras no queríamos. Se subió un hombre. Empezamos a ponernos nerviosas. No sabíamos quién era, ni por qué el taxista había parado. Le reprochamos que se hubiera detenido en la gasolinera, sin habernos consultado además, pero no nos hizo el menor caso. A base de insistir, conseguimos que arrancara el coche, con el nuevo ocupante de copiloto. Continuamos la marcha.

Recuerdo que pasamos por un control de policía donde había que rellenar algunos datos. Decidimos no rellenarlos porque no nos fíabamos de la policía. Recuerdo que tenía un miedo tremendo tras visitar la prisión de Palmasola y ver con mis propios ojos lo podrido que estaba el sistema; había que tener cuidado con la policía. De hecho, una de las advertencias consistía en que si veíamos policía, cruzáramos a la otra acera o cambiáramos el rumbo para evitar toparnos con ellos.

No rellenamos la ficha. La marcha continuó. Estabamos nerviosas porque no sabíamos si en realidad nos llevaba a las ruinas o a cualquier otro lugar. Los viajes resultan sorprendentes, pero a veces también se pasa miedo. El taxista paró de repente en la carretera, se subió un hombre. En el paisaje no había nada ni nadie, era una carretera llana, de horizonte infinito, recuerdo unas montañas al fondo, como de color marrón, pero sobre todo recuerdo el susto en el cuerpo al comprobar que había vuelto a parar y se había subido un hombre más.

Los hombres en Bolivia llegan a dar miedo, al menos, así lo recuerdo en Santa Cruz de la Sierra, ciudad en la que residíamos, con aquellos ocho anillos, nosotras vivíamos en el último, el octavo anillo, aquello era caminar y escuchar todo tipo de comentarios. El acoso en la calle era algo de vida cotidiana y saturaba mucho.

Las tres comenzamos a hablar entre nosotras. No sé si fuimos conscientes de que el conductor nos escuchaba o nos daba igual. Una empezó a escribir una especie de nota de auxilio que se la quería dar al copiloto, el primer hombre que se montó en el taxi y que tenía cara de bueno, ahora al escribir los recuerdos me entra la risa, pero pasamos verdadero miedo. La otra quería abrir la ventanilla del taxi y tirarse a la carretera, pero íbamos demasiado deprisa, aquello era para matarse. Y yo… saqué un bolígrafo y pensé que no me violaba ni Dios. Ahora me entra de nuevo la risa.

Al final, no sé cómo, llegamos a destino. Pero muy nerviosas. No teníamos además cómo volver, solo había un micro (=autobús) que paraba en El Alto, y allí no queríamos parar, queríamos ir directamente a La Paz. Vimos el museo de las ruinas, un guía nos contó práctimente toda la historia, pero rondaba en la cabeza la preocupación de cómo volver, en modo seguro, ese era el matiz. Pasamos después a la explanada donde se encontraban las ruinas. Recuerdo el ambiente que había, era especial. El viento silbaba, las montañas color cobro se sitúaban de frente, había un silencio inusual en aquel lugar. No conseguí montar en mi cabeza la estructura de aquellas ruinas.

ruinas de Tiahuanaco en Bolivia
Un lugar impresionante de ver las ruinas de Tiahuanaco en Bolivia/ Tiahunaco. J.M
El Monolito Ponce en las ruinas de Tiahunaco en Bolivia
En la imagen de espaldas el Monolito Ponce, denominado en honor al arqueólogo boliviano Carlos Ponce Sanginés. /Tiahuanaco. J.M
La figura adelante
Delante, resulta asombroso observalo con las montañas al fondo/ Tiahunaco. J.M
La Puerta del Sol en Tiahunaco
La denominada Puerta del Sol. Preciosa. /Tiahunaco. J.M
Kalasasaya en Tiahunaco
Vista más amplia, creo que se llama el conjunto Kalasasaya. Llama la atención la geometría de la construcción./Tiahuanaco. J.M
Vista super ampliada de Tiahunaco
Vista super ampliada 🙂 / Tiahunaco. J.M

Recuerdo que al acabar de visitarlas, preguntamos primero a un policía cómo podíamos llegar. No sé qué tipo de bromas hizo, me enfadó mucho y descargué mi nerviosismo con él. Llegó entonces un micro que iba muy lleno, no había plazas para todos. Recuerdo que el policía obligó a bajarse a tres indígenas para que nos subiéramos nosotras. Ahí sentí otra vez la superioridad supuestamente racial, en una sociedad a la que le quitamos el oro, destrozamos su país, no hemos reparado nuestra deuda. Me negué a subirme al micro a cambio de quitarle asiento a un indígena.

Finalmente, el policía nos ayudó a contratar un taxi de confianza. No sé hasta qué punto era de confianza. Pero tenía mejor pinta que el primer taxi en el que montamos. Ya de vuelta, nos indicó que habíamos hecho bien al no parar antes de las ruinas, según él, había un pueblo de carnívoros. Recuerdo la cara que pusimos todas. Lo único que queríamos era llegar al hostal y sentirnos a salvo.

Así fue. Después, nos dirigimos al Lago de Titicaca.

Esta foto que realicé mereció el viaje:

Indígena descansa mirando las montañas
Indígena descansa mirando las montañas / Tiahunaco. J.M

Fuera del mundo de los recuerdos

Las ruinas de Tiahuanaco es “un centro ceremonial que posee edificios levantados con un indudable sentido de observatorio astronómico”. “Debió de ser considerado como el centro del cosmos por quienes lo construyeron”, se indica. Las ruinas de Tiahuanaco se sitúan a 3.842 metros de altitud, a 72 kilómetros de La Paz, por lo que se puede llegar en automóvil en unos cuarento minutos desde la capital. Según los estudios, se estima que el esplendor de la ciudad se produjo alrededor del año 700 con una población de unos 60.000 habitantes.

Páginas web interesantes:

www.detiahuanaco.com

Notas y comentarios sobre estas ruinas


¡Creo que hasta aquí! ¿Cuáles han sido tus experiencias en el viaje? ¿Has sufrido alguna historia de terror? ¡Espero que no! aunque después una se ríe de los hechos anecdóticos, si siempre quedan en eso, claro está. Te animo a que comentes qué te parece, tus propias experiencias, tus opiniones.

¡Gracias por estar ahí!

Un abrazo.

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