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Edifición especial B.Readers día de la memoria

La taza del cortado en la mano, adelanta el cuerpo y abre los ojos en forma de sorpresa: “¿La historia de mi vida?”. El encuentro se produce a la salida de su trabajo, un día entre semana, a la mañana, el barullo del bar resuena al fondo, sin embargo, resulta un lugar “discreto”, hemos pedido un café, se ha asustado al ver la grabadora en marcha, mi llamada le ha hecho dudar: “¿vamos a hablar de emigración actual o pasada?”.

“Yo soy nacida aquí, en Azkoitia, en 1959”, afirma J. La sorpresa es tremenda: ¿vasca y con tan fuerte acento extremeño? En adelante la mujer de los ojos grandes y el acento extremeño relata: “Entonces mi padre estaba trabajando aquí [en el País Vasco] de obrero, creo que en la parte de Aránzazu, creo que él fue quien hizo la Iglesia. Yo por lo que a veces hablabas con él y te comentaba”, afirma algo confusa. “La obra que hicieron creo que tiene los mismos años que yo”.

La foto corresponde al Santuario de Nuestra Señora de Aránzazu es un santuario católico mariano situado en Oñate, una localidad a escasos kilómetros de Arrasate-Mondragón.

La mujer de los ojos grandes y el acento extremeño continúa: “Mis padres llegaron y estuvieron posiblemente un año o así, dos meses después de que yo naciera, volvimos a Extremadura, pero allí no daba resultado porque no había trabajo, entonces mi padre emigró a Alemania, y allí estuvo hasta que yo hice 7 años”.

Según los datos del Instituto de Emigración Económica, entre 1950 y 1960 la renta por habitante había crecido un 30 por ciento en España, dicho crecimiento se registró en regiones industrializadas; Andalucía fue la región española con un mayor volumen de emigrantes, 30 por ciento; Galicia, el 25,5 por ciento de los emigrantes que procedían de este lugar; a continuación, Valencia y Madrid y; si relacionamos las cifras con la población provincial,  Castilla-León y Extremadura.

¿Cómo era Andalucía? En esta ocasión la pregunta se dirige a la segunda entrevistada, A., una mujer anciana, tiene la casa abarrotada de adornos y cuadros de fotografías de sus familiares. Se fatiga al caminar, a veces habla de forma más fluida, otras veces necesita hacer una pausa y coger más aire. Esta mujer de ojos pequeños, que se queja de lo mal que le han dejado el pelo en la peluquería, mantiene la sonrisa puesta, a pesar de haber sufrido en primera mano los estragos de la guerra civil: su padre fue fusilado durante la guerra y su madre murió de un ataque al corazón cuando se enteró de la noticia.

“Pues hija yo no he visto como quien dice más que mi pueblo. Toda la gente trabajaba en el campo, antes no había ni máquinas ni nada, todo lo hacían a mano: labraban, la cosecha, el trigo, las mujeres se ponían un sombrero y un pañuelo [amplía la sonrisa] y los hombres de madrugada se iban al campo para labrar. Y sembraban garbanzos, matalauva, que se hace el anís, que huele tan bien. Se vivía casi del campo”, explica entre fluidez y relato entrecortado.

crímenes del franquismo impunes

Crímenes del franquismo aún impunes. Mientras en Euskadi se abre un debate sobre relato y memoria, en España se niega con rotundidad el debate sobre la justicia de masacres cometidas/ Madrid. J.M

A raíz de la guerra hubo una especie de crisis económica, pero yo de eso no me acuerdo, mi abuela nos contaba cosas de la guerra, y bueno [silencio], se pasaba hambre, aunque se sembraba trigo, se vendía, había en las casas molinillos de piedra, ponían el trigo y lo molían [suelta una carcajada] y hacían el pan en las casas. Yo me acuerdo que mi abuela hacía la masa en casa, y lo llevaba en una cesta a los hornos, lo metían en el horno, y luego iba a por él al horno, el panadero se quedaba con algún pan o algo. Y así se vivía”, afirma con cierta timidez, si a algo responde sobre la guerra o el franquismo, es que no se acuerda o ella no percibió nada. A. llegó a Arrasate-Mondragón entre los años 1950 o 1951, calcula, cuando tenía unos 15 años.

Desplazadas a causa de la guerra civil española

Entre las causas de aquella emigración se señalan el alargamiento de la posguerra a lo largo de los años 40, el país se encontraba en un estado de pobreza y aislamiento, teniendo en cuenta las pérdidas humanas y económicas de la guerra civil española, la incomunicación con el exterior y la economía de autosuficiencia que el régimen franquista potenció en España. A pesar de cierto proceso de recuperación y modernización, el tipo de industria no había cambiado, se centraba en industrias pesadas: siderurgia, refinerías, petroquíma y construcción naval, así como la localización industrial tampoco había variado: País Vasco, Cataluña y Madrid.

Un flujo migratorio que podría entenderse en una definición amplia de desplazado. La persona desplazada encaja en la definición de refugiado pero se desplaza dentro de las fronteras del Estado. Más allá de este sentido estrictamente jurídico, podría tratarse de un desplazamiento interno dada su relación con la guerra.

En una conferencia organizada el pasado febrero en Bilbao, las palabras del constructor de paz John Paul Lederach resonaron en el interior, explicó los efectos del desplazamiento interno; la persona es desplazada de su comunidad, aunque no salga de su país. El sentimiento de desplazamiento interno se produce en diferentes niveles, física y psicológicamente; salir de casa y sentirse desplazada de forma interna, “No sé quién soy”.

cerrar las heridas internas en Arrasate-Mondragón

Cerrar la mina interior, en referencia a la construcción del tren de alta velocidad, pero cerrar las heridas internas también, si la lectura es diferente./ Arrasate-Mondragón.J.M

¿Por qué viniste aquí? La pregunta se dirige de nuevo a la mujer anciana.

“Yo me vine aquí porque mi tío Bonifacio era maestro albañil, hacía casas, y lo avisaron y se vino aquí. A los años como tenía una hija que era como yo, pues para que no estuviera sola, no hacía más que decirme que me viniera, yo estaba con unos tíos, un hermano de mi padre, y no tenían hijos, ellos vivían muy bien, porque la familia de mi padre ha sido siempre de dinero, y hoy en día también, pero a nosotros no nos hacían caso, a mí me tenían en su casa para hacer las cosas, era pequeña, pues yo digo que me querrían algo, no lo sé, yo estaba allí para ayudarle a mi tía o a la otra criada, y claro me decía mi prima que me fuera y cuando les dije que me iba a venir me dijeron que no me viniera, que lo pensara muy bien, que ellos no tenían hijos y que todo lo que quedara era para mí, y yo dije que ni hablar”, responde con la misma sonrisa.

Emigración asistida: se van con un contrato de trabajo

A. encontró  un trabajo “a la semana, como antes había tanto trabajo en Mondragón, me metí en la cucharera a trabajar”, explica. Dada la incapacidad para absorber el crecimiento de la población activa y el movimiento de las zonas rurales a las urbes, desde el gobierno se impulsó la denominada emigración asistida: personas que emigraban con un contrato de trabajo, como es el caso del padre de J., la mujer de los ojos grandes y el acento extremeño.

De hecho, tal y como indica la primera entrevistada, su padre estuvo durante siete años en Alemania. Alemania, junto a Francia, Reino Unido, Bélgica, Holanda y Suiza fueron los países que pactaron con el sur de Europa contratos de trabajo para cubrir sus necesidades laborales. Entre 1959 y 1973 un millón de personas (1.066.440) emigraron al continente europeo, según el Instituto Español de Emigración (IEE), es decir, un 71 % de los que salieron fuera de España en ese período. Las migraciones interiores supusieron una movilización de un 15% de la población española: entre 1960 y 1970 llegaron más de 600.000 inmigrantes a Madrid y a Barcelona, así como 150.000 a Vizcaya.

Después de aquellos siete años, los padres de la mujer de los ojos grandes y el acento extremeño, decidieron emigrar al País Vasco. “Mis padres al ver que siempre tenían que estar separados, dijeron que aquello no era vida, habrá que estar juntos, y vinimos aquí y estuvimos en Bilbao con una tía que era viuda, y nos recogió. Allí estuvimos 9 meses, y después ya vinimos para Mondragón, se puede decir que desde los 8 años, estamos aquí”.

Una época entre 1950 y 1965 en la que llegaron mucha gente para trabajar en las fábrica. ¿Cuánta gente llegó? “No lo sé, pero muchísima, mucha gente”, resopla la mujer anciana. “No estaba hecho ni [el barrio] San Juan, ni San Andrés, ni Musakola, ni estas fábricas de por aquí [en referencia a Fagor], solo estaban las casas del centro [en Arrasate-Mondragón], tiendas había poquitas también, y la plaza, el Ayuntamiento, ahí tocaban la música los domingos, nosotros vivíamos en un caserío y bajábamos todos los días la cuesta para ir a trabajar, estaba Gelma, la Cerrajera… pero muchísima gente. A las doce tocaba la sirena y ya todos salían, y salían un montón de gente”. Rememora: “Veías a la gente con los pañuelos que venían de los caseríos, y nos dejaban la leche en la puerta, el pan con los cambios en la puerta, no había nada de ladrones”.

La duda de cómo explicarse, con esa melodía que caracteriza su acento extremeño y su voz, hacia arriba y hacia abajo, abriendo los ojos, intentado retrotraerse a lo que el País Vasco debió de ser en el pasado: poca construcción, años complicados, tras la guerra civil, contexto miles de personas aterrizaron en este lugar del mundo en busca de una vida mejor.

convivencia en Arrasate-Mondragón

Pintadas sobre la unión para la lucha. La actual lucha en el País Vasco se centra, tras años de violencia, en la construcción de la memoria y en el aprendizaje de la convivencia. /Arrasate-Mondragón. J.M

“Maquetos” que ayudaron a levantar el país

¿Cómo era aquella época Arrasate-Mondragón? “Yo por ejemplo, he oído la palabra maqueto”, baja el tono de voz.

Palabras como maqueto, “belarri motzak” [orejas cortas], “koreanoak” [coreanos] y “hazur motzak” [huesos cortos].

“Y a mí me resultaba un poquito dañina, no sé con qué significado exactamente lo decían, aquí a mí me parece que había poca gente, y gracias a nosotros esto fue levantando un poquito más”, afirma la mujer de los ojos grandes y el acento extremeño. “Se ha multiplicado todo no sé por cuatro veces, en habitantes no sé, pero en construcción… La parte de Ergüin [barrio obrero de Mondragón] ahí había un caserio y cuatro casas”, afirma.

Cuando se le pregunta a esta mujer, de ojos grandes, cabello liso, carácter alegre, y al mismo tiempo una mujer fuerte, que ha afrontado dificultades en la vida, si se ha sentido vasca, responde: “Creo que nunca me han tenido en ese concepto, yo nacida aquí soy, pero las relaciones a veces…” surge la duda de nuevo “no sé si es porque tú sentías rechazada o porque en sí yo misma también los rechazaba, pero siempre buscabas tu entorno, de la parte de Extremadura… o castellana. Entonces por eso me sentía nacida aquí pero con un poquito más de los genes de mis padres que eran extremeños”.

¿Y eso era particular o has podido verlo en otras personas? “Yo en aquel tiempo sí que lo comprobé en otras personas, por lo menos, en el entorno mío, solíamos hablar y decíamos eso, que nos sentíamos un poco rechazadas, nos sentíamos inmigrantes-inmigrantes pero un poquito que habíamos venido a meternos en casa ajena”, explica.

Al preguntarle a la mujer anciana sobre cómo resultó su acogida en el País Vasco, dejando de lado una Andalucía agricultora, la familia destartalada a causa de la violencia brutal de la guerra civil y la llegada a una nueva región con una cultura y un idioma muy particular:

“La relación entre la gente que venía de fuera y los de dentro era estupenda, no duda ni un solo momento. “Había gente que cuando te veían… te querían ayudar y te querían enseñar. Pero es tan difícil hablar en euskera que yo decía que no atinaba ni a tiros [Se ríe] Lo primero que había que hacer era comprarte una gabardina y las catiuscas, había nieve un montón y duraba… qué sé yo… siempre estaba el chirimiri y no veías el sol ni queriendo. Pero nos acogieron muy bien.

¿Se percibía el franquismo en el ambiente? A., mujer anciana contesta: “Yo por lo menos no me acuerdo de que hubiera jaleos. Y la gente lo mismo… ibas a la carnicería y te atendían… y cuando nos veían a nosotros, para que no nos sintiéramos mal, hablaban en castellano. La gente no nos ha puesto nunca una pena, nunca jamás. Además yo tenía un montón de amigas, iban a casa. Había una que tenía un hijo que era de la ETA, que se tuvo que ir a Francia porque aquí no podía estar porque quemaron una bandera [especifica bajando el volumen] y los mandaron para Francia. Y la mujer era vasca vasca y siempre iba a casa a tomar el café con leche”.

Discriminación por origen

I.es una chica de 30 años. Nació en 1985. Nació en Donostia-San Sebastián, pero a los dos años la trajeron a Arrasate-Mondragón. “¿La historia de mi vida?”, reacciona con sorpresa, con cierto nerviosismo, en una cafetería menos concurrida, buscada a propósito, para hablar con mayor libertad “a los dos años me metieron en la umezaintza [guardería] en euskera y a los seis años fui a la ikastola [escuela vasca] hasta los 18 años. Después estudié en la universidad”, responde.

En cuanto a su familia “todos de Extremadura”, ella cree que el “trato hacia ellos fue muy bueno”, pero centrándonos otra vez en ella, a la pregunta de si se ha sentido discriminada por ser hija de inmigrantes, la respuesta es “sí, pero no muy a menudo porque me comunico en euskera. Pero cuando sabían el origen de mis padres, la gente decía que sus hijos y nosotros no éramos compatibles”. ¿Han existido problemas de convivencia?: “ha sido una parte minoritaria la que discriminaba, se han sentido superiores”.

El euskera aparece también en las palabras de la mujer de los ojos grandes y el acento extremeño: “con 13 o 14 años, yo empecé a trabajar muy joven, y en el trabajo, me sentía un poquito… porque no sabíamos euskera”.

¿Por qué no aprendiste euskera?

“En aquel entonces las clases no nos daban en euskera. Una persona en el trabajo me solía decir: pero tú que eres de aquí, ¿cómo es que no hablas euskera? Si no lo aprendes en clase, luego puedes poner todo tu empeño en estudiarlo, pero como empecé a trabajar… te da tiempo para todo si tienes interés, pero yo nunca tuve ese interés. Es culpa mía. No puedo echarle la culpa a nadie. En el trabajo venían a hablar y al no saber euskera te sentías rechazada. Pero como no lo estudié en la escuela tendías a hablar lo que se hablaba en casa: castellano. Pero también tengo que decir que ha habido otras personas que han hecho el esfuerzo y han aprendido.

Pero te sentías rechazada. Y claro esos comentarios, encima que hemos venido a levantar el país, ellos se sentían muy mal, lo decíamos un poco atacando, eran poca gente. Y ahora hay una mezcla entre inmigrantes y vascos, se ha mezclado mucho porque eran pocos”.

tráfico y compra de armas Arrasate-Mondragón

Llama la atención el rechazo tremendo a la OTAN cuando el apoyo de la violencia de ETA implica tráfico y compra de armas/ Arrasate-Mondragón.J.M

Reconocimiento a la Medalla de Oro a los inmigrantes

El Gobierno guipuzcoana concedió la Medalla de Oro a los inmigrantes llegados al País Vasco durante la época del franquismo en 2015. “Han pasado 50 años, es un poco hipócrita que lo hagan antes de las elecciones”, interpreta la chica joven de 30 años. En cambio, la mujer de los ojos grandes y el acento extremeño recibe la noticia con mucha sorpresa. Pregunta varias veces si en efecto así ha ocurrido. Una vez se lo ha creído, admite: “me parece fenomenal. Creo que lo tenemos ganado. Pero creo que a ellos no les parecerá bien, ¿tú sabes si no ha habido comentarios malos? Y en valor a que les ¿hemos ayudado a levantar este país? Pero ellos, ¿lo reconocen?.


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